La otra hecatombe: la social

El presidente Álvaro Uribe adivina en los ataques de Hugo Chávez la hecatombe necesaria para su tercer gobierno. Los colombianos deberíamos adivinar en la re-reelección una hecatombe social que invita a oponerse a ella. Para muestra, dos casos recientes: el fallecimiento, por una cadena de errores, de una recién nacida en la clínica San Pedro Claver, de Bogotá, y el frustrado intento de entregar a empresarios particulares el predio de Carimagua, originalmente destinado a desplazados por la violencia.

El caso de la niña muerta por una inyección equivocada destapa el desplome de la ya precaria protección social de los colombianos de bajos ingresos. Desde que el Gobierno cedió el servicio de salud a los particulares, los enfermos se pierden en una selva de siglas -las ESE, las EPS, las ARS- y deben a menudo acudir a un juez para conseguir ciertos remedios. En teoría, se ha ampliado el cubrimiento. En la práctica, no puede decirse que los colombianos estén mejor protegidos que antes.

En cuanto a Carimagua, es apenas una nueva expresión del tradicional despojo a los campesinos. Ya en 1594 el rey de España ordenaba que “las tierras que se dieren a los españoles sean sin perjuicio de los indios”. No se cumplió. Hace algo más de medio siglo, los labriegos xxx desplazados por la persecución laureanista denunciaban que “en la pobreza más extrema tuvimos que huir de nuestras tierras, víctimas de la más implacable violencia” y, un año después, seguían en el abandono mientras que de sus predios “se han adueñado personas amparadas en determinado rótulo político”. Entre esos campesinos atropellados había uno que hoy conocemos como ‘Tirofijo’.

La tragedia se repite, aunque la violencia tiene ahora otro origen. Los campesinos quieren tierra, pero primero se la quitan, luego se la dan a un poderoso y después -como en Carimagua- les ofrecen convertirlos en jornaleros explotados por los nuevos dueños de esa tierra. Con el pretexto de que las 17.000 hectáreas destinadas a los desplazados no eran buenas para ellos, pero sí para los empresarios particulares, el porno maduras Gobierno intentó entregarlas en concesión a una compañía de la que es socio, entre otros, Mario Escobar Aristizábal, delegado presidencial en la junta que -ojo a la ironía- se instituyó para proteger a quienes perdieron sus parcelas. Como lo ha denunciado la prensa, este empresario aportó dinero a las campañas de Uribe y del director de la junta de marras y del Ministro de Hacienda, del cual es pariente.

Cuando alguien dijo al Ministro de Agricultura que el terreno era ácido, al prepotente personajito no se le ocurrió formar una cooperativa campesina ni vincular a un laboratorio científico de los que estudiaron la región. Ya había excusa para entregar la tierra de los desplazados a unos palmeros que encajan en el sueño oficial de convertir al Llano en un gran emporio empresarial. La Procuraduría y la denuncia de EL TIEMPO frenaron el abuso.
Lástima que los desplazados no sean empresarios ni tengan amigos en el Gobierno…

Todo es producto de la mentalidad neoliberal de un régimen que favorece a los capitalistas fuertes porque cree que así desarrolla el país y les vende por cuatro pesos las entidades que el dinero público construyó durante décadas. Tal ocurre, por ejemplo, con las electrificadoras de cinco departamentos, a punto de ser privatizadas en una feria que afortunadamente atajaron a tiempo la Contraloría General de la República y una batería de tutelas.
También sucedió con dos multinacionales petroleras, a las que extendió graciosamente sus concesiones en La Guajira y Cravo Norte.

Mucho debemos a Uribe en materia de seguridad, estabilidad económica y restitución de la fe y el optimismo nacionales. Pero él mismo ha reconocido los limitados alcances de su proyecto social. Cuatro años más de esta receta engordarían a muchos empresarios, pero enterrarían a miles de pobres.

Devuélvannos el infierno, por favor

Les ha dado a los dos últimos Papas por quitar y poner el infierno, como si se tratara del letrero de “Abierto” y “Cerrado” de una tienda.

Juan Pablo II dijo que tan famosos lugares no existen en la realidad, pues son apenas estados interiores del hombre. Mejor dicho, es como si le dijeran a uno que Nueva York no es más que las ganas de irse a vivir allí, pero que no tiene existencia comprobada.

Ahora sale el sucesor de Juan Pablo, el pontífice Benedicto XVI, y aclara las cosas: no es exacto que no exista el infierno. Asegura el Papa que “El infierno existe y es eterno”, más o menos como las reuniones comunales del presidente Uribe.

Agrega, además, que también andan por ahí el cielo y el purgatorio, aunque nos deja en el limbo sobre el limbo. No sé ustedes, pero yo quedo sumamente alarmado con todo esto.

Para empezar, si los Papas son infalibles, ¿entonces por qué se contradicen? Además, se pone uno a pensar qué dirá el próximo Santo Padre que venga: ¿acaso que el infierno queda arriba y es ventilado, y el cielo está cerrado por reparaciones?

Vacilaciones tan grandes crean incertidumbre, y la incertidumbre es mala. Tan mala, que merece el fuego eterno. Vivíamos más tranquilos los cristianos cuando teníamos la seguridad del infierno, con sus llamaradas, sus altos hornos, las ánimas de los pobres pecadores en trance de achicharrarse y el diablo presidiendo el espectáculo con una sonrisa en los labios, un tridente en la mano y -en los momentos de coquetería- un lazo negro en la cola.

Daba tranquilidad esa imagen del infierno, porque permitía saber que allí iría a parar todo el que se portara mal y, en cambio, al que cumpliera con las leyes de Dios lo esperaba un cielo parecido al algodón de dulce, con cantos gregorianos, ángeles y un jurgo de monjitas.

Gracias a esta tajante división entre buenos y malos, cielo e infi erno, condenación y gloria, Satanás y el Padre Eterno, las cosas estaban claras. Y si no lo estaban, bastaba con acudir a la iconografía católica para descubrir tremendos cuadros donde aparecía el Demonio torturando a sus víctimas, o leer literatura religiosa -desde el Catecismo Astete hasta La Divina Comedia- para enterarse de lo duras que son las cosas en el Más Allá.

Desde que le dio al Vaticano por poner en duda la existencia de la geografía metafísica, muchos cristianos nos sentimos perdidos. Si no existe ese lugar que alberga eternamente el fuego y aquel otro donde todo es sosiego y contemplación de un señor barbudo sentadito en su trono, ¿qué estamos haciendo en este valle de lágrimas?

¿No hay premio ni castigo? ¿Todo tribunal se reduce a la Procuraduría y la comisión de sanciones de la Dimayor? ¿Se esfuman las posibilidades de conocer personalmente a Dios, darle la mano y que lo llame a uno por el nombre propio o su apodo, pues Él todo lo sabe? ¿Se desinfla la amenaza de nadar para siempre en la caldera hirviente donde deben de hallarse toda suerte de malvados, mujeres perdidas, perseguidores de la Iglesia y -espero- perseguidores de niños?

Y, en lo que hace con otros puntos de ultratumba, ¿cancelaron las autoridades para siempre el limbo, aquella oscura guardería de niños sin bautizar? ¿Y qué me dicen del purgatorio, antesala de la felicidad donde se producía un intenso comercio de pecados, sanciones e indulgencias adquiridas durante la etapa terrenal?

Imaginar la vida sin cielo, infi erno, limbo ni purgatorio es como pensar en un mapa de Colombia donde desaparecieran el río Magdalena, Bogotá y otras ciudades, la pata que se hunde al sur en el río Amazonas y la nariz oriental que aprietan Brasil por abajo y Venezuela por arriba.

No digo que conviene regresar a la ciega fe de carbonero, entre otras cosas porque ahora los carboneros son empresas multinacionales que solo tienen fe en el capitalismo. Pero pienso, humildemente, que la Iglesia debería tener más cuidado a la hora de revisar los símbolos que sirvieron para educar a millones de católicos.

Entre otras cosas, porque si suprimen el firmamento y el infierno se desplomarán la literatura, la pintura y la música occidentales. Habrá que desterrar incluso boleros y vallenatos, pues los primeros mencionan constantemente al cielo y los segundos se meten a menudo con el diablo.

Yo, por ejemplo, estoy por creer que nunca existieron los arcángeles, sino que eran garzas blancas sobrealimentadas, y que San Pedro no carga llaves sino tarjeta inteligente, como en los hoteles modernos.

Hood Robin Uribe y la reforma agraria

Sin que nadie se lo propusiera -el que menos, el ministro de Agricultura-, el caso del predio llanero de Carimagua se ha convertido en elocuente denuncia sobre la manera como se adelanta en Colombia una reforma agraria contra los pobres y a favor de los ricos. Recordemos que esas 17.000 hectáreas habían sido destinadas originalmente a los desplazados por la violencia y, de la noche a la mañana, el ministro de marras las adjudicó a empresarios particulares (cierto allegado a uno de ellos, Mario Escobar, que es tío de otro ministro y donó dinero a la campaña de quien otorga los predios, aduce que su firma no consideró interesante el ofrecimiento y lo rechazó). El ministro Andrés Felipe Arias dispuso el cambio de destino del proyecto porque supuestamente es terreno inadecuado, pero no dijo claramente qué iba a pasar con los desplazados, que son el meollo social del problema.

Carimagua es ejemplo de la reforma agraria que se empeña en realizar el actual gobierno, ya perfilada en la frustrada Ley Forestal que concede los bosques colombianos a las multinacionales. Nuestra historia muestra que aquí se han realizado al menos cuatro reformas agrarias, siempre adversas a los campesinos.

La primera, la de la colonia española, concedió las tierras de los indígenas a los encomenderos, heredadas luego por los criollos. La segunda, a mediados del siglo XX, desalojó a los campesinos durante la era de la Violencia para que los terratenientes se apoderaran de sus parcelas. Narcos, guerrilleros y paramilitares hicieron a balazos la tercera, que puso en manos de las bandas violentas un millón de las mejores hectáreas de cultivo y levante.
La cuarta es la que se adelanta ahora, al estilo Carimagua, y consiste en entregar las tierras buenas que quedan a los grandes empresarios, para que ellos las desarrollen y vuelvan jornaleros a los campesinos. Así lo planteó el presidente Álvaro Uribe en el Japón hace un tiempo y así intentó hacerlo su ministro a costa de los desplazados en el caso que suscitó escándalo nacional.

Es Robin Hood al revés, como dice el senador Jorge Enrique Robledo. Pero, además, aliñado con mentiras y movidas chuecas. No es verdad que la tierra de Carimagua sea mala y su cultivo ruinoso para los pobres y bueno para los ricos, como se aduce para el despojo. Lo afirman varios especialistas. Richard Probst Bruce, presidente de la Asociación Colombiana de Agroproductores Ambientalistas, asegura que es un “proyecto viable y de bajo impacto ambiental”, siempre y cuando se realice como un núcleo de desarrollo sostenible y con apoyo del Estado. Esto es, un centro de experiencia comunitaria respetuoso del medio ambiente, que privilegie la agroescuela y la siembra de alimentos. En igual sentido opinó Mauricio Botero Caicedo en El Espectador al defender las cooperativas populares, que ya adelantan en otros lugares del país “una revolución en el modelo de capitalismo agrario”.

El apoyo oficial es clave y desarrolla una obligación del Estado que impone la Constitución Nacional. Por lo demás, la acidez del terreno resulta fácilmente curable, según los expertos, y solo representa una excusa del ministro.

Carimagua, pues, es más que un predio. Es una filosofía retardataria por la cual el Gobierno pretende entregar la tierra a prósperos empresarios y quitarse de encima la responsabilidad constitucional de defender a los desvalidos.

ESQUIRLAS. 1) La habitual mirada hacia Estados Unidos ha impedido que los colombianos sigan la apasionante campaña electoral española, donde el Partido Socialista podría obtener una justa renovación de mandato el 9 de marzo frente a una derecha cada vez más refractaria.

2) Viendo la insoportable levedad del presidente Nicolás Sarkozy, uno se pregunta cómo se dice ‘chisgarabís’ en francés.